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Ensayos y poesía, publicada con autorización de sus respectivos autores.

ÁNGELES CAÍDOS (Extracto, Novela Salvadoreña)  E-Mail

Image Después de atravesar el cuarto en penumbras, me dejé caer de espaldas sobre mi cama, aún con la ropa  puesta. Todavía jadeaba por la carrera desaforada y aún sentía venir sobre mí el huracán acechante de la muerte. Las paredes de dibujos surrealistas parecían contraerse en un intento asfixiante y los muebles adquirían formas siniestras y danzaban como en un ritual satánico. No encontré paz ni siquiera en mi poltrona, donde siempre podía quedarme dormido hasta un día completo. Los miedos más espeluznantes y las ideas más tenebrosas los conocí esa noche, en un enfrentamiento sin aviso. Y, sin embargo, en la otra cara de mi dilema, también estaba orgulloso de la fortaleza, el miedo o la cordura que me había salvado de cometer una imperdonable estupidez hacía apenas un par de horas. ¿Realidad pura o extensión malvada del choque drástico de emociones? Difícil decisión. Las situaciones que se me presentaban como hechos concretos eran las escenas más crueles de todo aquel teatro perverso. ¿Qué pasaría ahora con mi vida, mi familia, mis estudios, mi futuro? No recuerdo haber esperado nunca un amanecer como el de aquel día, con esa vehemencia, con ansias enfermas, con desesperación. Entre las miles de vueltas que las paredes tapizadas daban a mi alrededor encontré la decisión talvez más sensata para toda aquella tragedia: Esperar a que el tiempo dictara sus designios con la evidencia ineludible de los hechos.

El azul oscuro del horizonte empezó a desteñirse en las ventanas amplias. Hasta entonces me venció el sopor obcecado, el mismo que yo había pretendido, sin éxito, reprimir con malos pensamientos. Los pocos sueños que recuerdo evocaban abismos, monstruos y criaturas mitológicas y oscuras y turbias lagunas siderales.
Cuando desperté eran las ocho de la mañana en el reloj pequeño sobre la librera. De un salto me lavé la cara, con los dedos improvisé un peine, tomé mi mochila y salí a la carrera, sin reparar en ninguna cosa. Escuché a una de las domésticas que me ofrecía el desayuno, pero no volteé siquiera. No vi ni encontré a nadie más en mi huida. No hubiese sabido qué hacer. No conocía todavía esa reacción mía y no era el momento para descubrirlo.
Hice a un lado todos los prejuicios, todos los temores y cualquier otra clase de impedimento y me introduje en el primer laboratorio clínico que vi en la colonia médica. Pregunté el plazo de respuesta para un examen de VIH y me pareció largo, a pesar de que solo se trataba del siguiente día. Visité cuatro o cinco más hasta que el tiempo se hubo reducido a tres horas. Y me senté a esperar en el primer banco que encontré.

Tres horas.
Esperar.
Sin ningún otro remedio ni alternativa.

Y fueron las tres horas más hermosas de mi existencia. Hermosas, porque tuve el encuentro que tienen los moribundos, según había escuchado, en los confines del sueño que se llama vida, cuando vi pasar la mía entera frente a mis ojos, en imágenes nítidas, muy nítidas, pero a la vez bañadas en un gris lunar y melancólico. Después de un rato empecé a deambular por las calles sin nombre. Casi un espectro, chocaba con gente sin rostros, hablaba en palabras que no conocía, miraba las cosas sin entender su naturaleza y me sentaba en el parque vacío de árboles frondosos, para luego emprender la marcha de nuevo. Después de dos horas, la rabia en contra de Nicolás se había esfumado y había ido a parar a algún rincón oscuro del alma, y de ahí iba a ser muy difícil resucitarla.
Por eso no debe parecer extraño que cuando leí en el papel blanco la palabra negativo impresa en rojo, lejos de saltar enmedio de gritos eufóricos y correr entre aullidos de alegría, me invadió una levedad anónima y gloriosa, y un grito de victoria se me ahogó adentro.

Esa levedad me llevó hasta Nicolás, hasta la soledad que él abrazaba por las noches, hasta los fantasmas que de seguro habían empezado a visitarlo, y hasta el trance doloroso que de seguro apaciguaba desahogándose con el espejo del baño.
Me reproché en lo hondo mi actitud pueril. Dios sabe cuánto lo quería. Cuánto cariño representaban para mí su pequeña figura y su gran corazón. Ahora no sería capaz de mirarlo a los ojos. A pesar de saber que él sería capaz de perdonarme setenta veces siete, como estaba escrito. Era capaz de medir el tamaño de su sufrimiento, pero no me sentía capaz de enfrentarlo. Desde el puerto seguro de mis pensamientos solo pude gritarle: No estás solo en el mundo, querido amigo. Estoy con vos, aunque no lo creás, aunque pensés que solo soy un cobarde y un hipócrita de mierda. Y lloré. Lloré, quizá de dolor ajeno, quizá de alegría redimida.

Por. Carlos Alberto Soriano. Si desea adquirir la obra completa, de la primer Novela gay Salvadoreña) busquela en libreria LA CASITA/PROLIBROS

 
VOLCANO  E-Mail

Dominamos un volcán,Image
Entre llamas incandescentes,
los poros de la piel no temen,
a sentir la fuerza de este amor;
que en noches de deseo y pasión
en nuestro pecho se sumerge,

He visto tu sonrisa muy alegre
y tus labios deseando los míos,
si supieras como me enloqueces
al escucharte cantar entre gemidos.

Tu pecho ya me pertenece,
también tu cuerpo lindo.
Son míos tus besos y tu sonrisa,
es mío tu erecto miembro.
Amamos en un volcán sumergidos,
y los destellos de la luna acarician
a dos amantes enloquecidos
en esta, nuestra nocturna vida,
llena de tantos deseos.

El sol está por coger su puesto,
ya pronto la noche termina,
cómplice de nuestros sentimientos,
nos invita a dominar el día
a ir de frente viviendo la vida
demostrando, el amor que nos tenemos,

Los homosexuales, también queremos.

Por: Francisco J. Cartagena Méndez
 
Hola Madre (Por Alberto O.)  E-Mail
Hola Madre, hace mucho me dejaste en esta tierra sin conciencias Image
y aun recuerdo tu rostro angustiado ...con mi futuro en tu mirada
me advertiste de las penas, los agravios y la burla dibujada
del que creyéndose normal y puro rechaza a muerte diferencias

Hoy fue mi día, madre... y con una bala de odio se arrebató mi destino
un fanático joven ...de esos normales ...un desvarío
mas sin nada de normal en su mente y corazón sombrío
creyendo hacer el bien de Cristo fue su peor asesino

Y alguien que caminaba como yo tranquilo en la avenida
recibió así la muerte de alguien que le gritaba! desviado! desviado!!!
por aquel que trataba de ver a Dios en lo mas odiado
desplomándose allí mi cuerpo inerte y ya sin vida

Y no es que lo odie por lo que hizo... que no tengo odio a guardar
pues es fruto de una sociedad intolerante, engañada y cautiva
que con mil mascaras esconde su piel corrompida
sin saber que su intolerancia se cura con tan solo amar

Pobre alma atormentada que prefirió en mí atacar su tormento
brazo asesino de aquel Joven... perdido... sin hombría
que mas hombre es quien acepta su lugar en la vida... su valía
que aquel que se esconde tras los odios, el desprecio y el lamento

Y desde esta piedra en el camino... yo lo perdono... lo juro!
que sus pies algún día estarán en este mismo camino
respondiendo ante Dios todo su odio y sentimiento dañino
pagando así su precio de este acto cruel e impuro

Pero no lloren ni sufran por mi... cumplí mis destinos
fui sincero en mi vida... lo más que pude conmigo mismo
tal vez con mi muerte baje la bruma... el fanatismo
Y la muerte a la vida, él abra así nuevos caminos

Yo por mi parte me voy tranquilo... mi papel en la obra ha terminado
pues la vida no es más que eso... un simple tañido de campana
un segundo de auténtico vivir en esta vida vana
donde tal como entramos... terminamos... habiendo amado
pero miren... una luz hermosa... se aproxima luz blanca y fuerte
oh que belleza! así su destellos de luz radiante
Pero si es mi madre... si mi madre... con amor en su semblante
madre mía, madre santa... cuanto tempo sin verte!!!
 
Manifiesto (Hablo por mi diferencia) (P. Lemebel)  E-Mail
No soy Pasolini pidiendo explicacionesPedro Lemebel
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

NOTA:
Este texto fue leído como intervención en un acto político en septiembre de 1986, en Santiago de Chile y publicado en elsalvadorg.com por petición del autor Pedro Lemebel.