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Después de atravesar el cuarto en penumbras, me dejé caer de espaldas sobre mi cama, aún con la ropa puesta. Todavía jadeaba por la carrera desaforada y aún sentía venir sobre mí el huracán acechante de la muerte. Las paredes de dibujos surrealistas parecían contraerse en un intento asfixiante y los muebles adquirían formas siniestras y danzaban como en un ritual satánico. No encontré paz ni siquiera en mi poltrona, donde siempre podía quedarme dormido hasta un día completo. Los miedos más espeluznantes y las ideas más tenebrosas los conocí esa noche, en un enfrentamiento sin aviso. Y, sin embargo, en la otra cara de mi dilema, también estaba orgulloso de la fortaleza, el miedo o la cordura que me había salvado de cometer una imperdonable estupidez hacía apenas un par de horas. ¿Realidad pura o extensión malvada del choque drástico de emociones? Difícil decisión. Las situaciones que se me presentaban como hechos concretos eran las escenas más crueles de todo aquel teatro perverso. ¿Qué pasaría ahora con mi vida, mi familia, mis estudios, mi futuro? No recuerdo haber esperado nunca un amanecer como el de aquel día, con esa vehemencia, con ansias enfermas, con desesperación. Entre las miles de vueltas que las paredes tapizadas daban a mi alrededor encontré la decisión talvez más sensata para toda aquella tragedia: Esperar a que el tiempo dictara sus designios con la evidencia ineludible de los hechos.
El azul oscuro del horizonte empezó a desteñirse en las ventanas amplias. Hasta entonces me venció el sopor obcecado, el mismo que yo había pretendido, sin éxito, reprimir con malos pensamientos. Los pocos sueños que recuerdo evocaban abismos, monstruos y criaturas mitológicas y oscuras y turbias lagunas siderales. Cuando desperté eran las ocho de la mañana en el reloj pequeño sobre la librera. De un salto me lavé la cara, con los dedos improvisé un peine, tomé mi mochila y salí a la carrera, sin reparar en ninguna cosa. Escuché a una de las domésticas que me ofrecía el desayuno, pero no volteé siquiera. No vi ni encontré a nadie más en mi huida. No hubiese sabido qué hacer. No conocía todavía esa reacción mía y no era el momento para descubrirlo. Hice a un lado todos los prejuicios, todos los temores y cualquier otra clase de impedimento y me introduje en el primer laboratorio clínico que vi en la colonia médica. Pregunté el plazo de respuesta para un examen de VIH y me pareció largo, a pesar de que solo se trataba del siguiente día. Visité cuatro o cinco más hasta que el tiempo se hubo reducido a tres horas. Y me senté a esperar en el primer banco que encontré.
Tres horas. Esperar. Sin ningún otro remedio ni alternativa. Y fueron las tres horas más hermosas de mi existencia. Hermosas, porque tuve el encuentro que tienen los moribundos, según había escuchado, en los confines del sueño que se llama vida, cuando vi pasar la mía entera frente a mis ojos, en imágenes nítidas, muy nítidas, pero a la vez bañadas en un gris lunar y melancólico. Después de un rato empecé a deambular por las calles sin nombre. Casi un espectro, chocaba con gente sin rostros, hablaba en palabras que no conocía, miraba las cosas sin entender su naturaleza y me sentaba en el parque vacío de árboles frondosos, para luego emprender la marcha de nuevo. Después de dos horas, la rabia en contra de Nicolás se había esfumado y había ido a parar a algún rincón oscuro del alma, y de ahí iba a ser muy difícil resucitarla. Por eso no debe parecer extraño que cuando leí en el papel blanco la palabra negativo impresa en rojo, lejos de saltar enmedio de gritos eufóricos y correr entre aullidos de alegría, me invadió una levedad anónima y gloriosa, y un grito de victoria se me ahogó adentro. Esa levedad me llevó hasta Nicolás, hasta la soledad que él abrazaba por las noches, hasta los fantasmas que de seguro habían empezado a visitarlo, y hasta el trance doloroso que de seguro apaciguaba desahogándose con el espejo del baño. Me reproché en lo hondo mi actitud pueril. Dios sabe cuánto lo quería. Cuánto cariño representaban para mí su pequeña figura y su gran corazón. Ahora no sería capaz de mirarlo a los ojos. A pesar de saber que él sería capaz de perdonarme setenta veces siete, como estaba escrito. Era capaz de medir el tamaño de su sufrimiento, pero no me sentía capaz de enfrentarlo. Desde el puerto seguro de mis pensamientos solo pude gritarle: No estás solo en el mundo, querido amigo. Estoy con vos, aunque no lo creás, aunque pensés que solo soy un cobarde y un hipócrita de mierda. Y lloré. Lloré, quizá de dolor ajeno, quizá de alegría redimida. Por. Carlos Alberto Soriano. Si desea adquirir la obra completa, de la primer Novela gay Salvadoreña) busquela en libreria LA CASITA/PROLIBROS |